Ágatha tiene dinero
y se compra buena casa
en el centro de Madrid
donde viven millonarias.
Pinta paredes de rosa,
pone corazones grandes,
no escatima en dibujos
ni en colores chirriantes.
Seguro que ningún hombre
está cómodo en su salsa,
pero a la diseñadora
no le importan sus amantes.
Ágatha piensa en ella
y en su mundo fantástico
y en que se siente pija
a sus sesenta y cinco años.
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