viernes, 5 de mayo de 2017

Mis vacaciones en el Nueva York cutre



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Buscando un restaurante vegetariano en Nueva York acabamos en Angelica Kithen, un restaurante que está en la 12 th Street entre la Primera y la Segunda Avenidas. Es muy fácil e encontrar si conoces un poco la Gran Manzana como es nuestro caso. Yo quería un vegetariano porque estaba un poco cansada de tanta comida basura. Una hamburguesa más y pedía el divorcio. 

Lo que no sabía es que casi me iba a pedir el divorcio mi marido. No le faltaba razón: no estuve muy acertada entrando en el Angelica Kitchen. La carta es muy vegetariana, pero los camareros te agobian hasta decir basta. Mi santo se ponía celoso porque había un mexicano ideal que no se apartaba de mi lado. 

Los ecocamareros, como los llamaba mi hija mayor, te dicen lo que tienes que tomar, con qué salsa, con qué pan y con qué bebida. Es como estar en la casa de tus padres. Ni mi madre me daba tantas indicaciones en la mesa cuando era pequeña. 

Mi santo les dijo que no le dijeran nada. Aún así, dejó los platos casi llenos. Yo, en cambio, me lo comí todo. No había mucho que comer. Los latos son como medias raciones. Tampoco te los cobran mucho. El Angelica Kitchen es uno de los restaurantes más baratos de Nueva York. 

El local es muy de bar de barrio. Está lleno de mesas y sillas rústicas que han conocido tiempos mejores. Deberían por lo menos darles una mano de barniz para que se vieran más decentes. Tal vez no hagan la reforma porque sus clientes no se la demandan. Ves mucho comensales con cara de pobres. Los pobres no suelen ser exigentes. 

Pese a todo os recomiendo este restaurante en Nueva York. Es un vegetariano que está muy bien de precio y te sirve para escapar de las hamburguesas que invaden todo Estados Unidos. Las verduras te la presentan muy cocidita, como a mí me gusta. Tienen una sopa de verduras variadas que es una delicia.




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El Chelsea Hotel me decepcionó. Esperaba algo mejor cuando llegamos y vimos una maravillosa fachada de estilo gótico victoriano con sus balcones de hierro forjado. Mi marido nos dijo que no nos podíamos quejar. Nos había llevado a un hotel majestuoso que debía ser el lujo supremo, como a mí me gusta. Acabamos quejándonos todos, también las niñas. 

El hall de la entrada me gustó, pero, cuando me fijé más, y tiempo tuve a fijarme en la semana larga que estuvimos por allí, le empecé a encontrar fallos. Era un hall que parecía un museo de arte moderno, con muchos cuadros y muchas esculturas, pero no estaba bien cuidado. En algunas partes de las paredes encontrabas despintados. Esto daba mal impresión. 

Peor impresión me dio la cama. Casi quedo sin espalda. No pude conciliar el sueño encima de un colchón más duro que las piedras de Egipto. Encima nos dieron las camas con unas sábanas sucias. Tuve que llamar a recepción para pedir sábanas limpias. Se disculparon. Eso es un punto a su favor. Sabían que no nos habían tratado bien. Yo cuando voy a un hotel sea en Nueva York o en Australia espero un mínimo de limpieza. 

La única ventaja que tuvimos fue disponer de una habitación inmensa para cuatro personas. Casi era como un piso sin tabique. Había habitaciones más pequeñas pero yo pedí una de las grandes. No puedo vivir con falta de espacio y menos cuando estoy con mi santo y con mis dos preciosidades infantiles. 

Mi marido, en cambio, estuvo más en su salsa porque en este hotel hay muchos artistas y poetas venidos a menos alojados. Le gusta verse rodeado de artistas. Yo hubiera preferido verme rodeada de artistas con dinero. A aquellos pobres no les podías vender nada porque no tenían dinero ni para pagar el hotel. 

Este Chelsea Hotel podría mejorar si le hicieran alguna reforma. Sólo con que le dieran una buena mano de pintura en el interior y mejoraran la limpieza, ganaría de cara a los huéspedes que somos algo exigentes. También mejoraría si te recibieran cuando llegas. Si te descuidas no te dicen ni hola.